El 84

“Siempre quise ir a L.A. / dejar un día esta ciudad / cruzar el mar en tu compañía”. Sabino Méndez, el autor de Cadillac solitario, la canción que convirtió a Loquillo en leyenda viva, ha terminado contando que el mencionado Cadillac cuyo asiento de atrás probaron algunas rubias era en realidad un Seat 600. “Siempre le acabas dando un punto de épica a la letra”, justificaba. En el caso de la Selección Española y lo que pasó del 29 de julio al 10 de agosto de 1984 en Los Ángeles unos meses después de publicarse la canción no hace falta añadirle épica: ya la tiene toda. El año pasado se cumplieron 40 años de una gesta indeleble.

Vale: España le había ganado a Estados Unidos en el Mundial de 1982 en Colombia (ese partido que nadie vio) y, tras una década sin lograrlo, había vuelto a un podio europeo en 1983 en Francia después de superar a la URSS, pero la plata de los Juegos Olímpicos sirvió para afianzar al baloncesto, definitivamente y hasta nuestros días, como segundo deporte del país. Y hasta plantándole cara al fútbol porque aquella Selección del desmesurado -pero por aquel entonces todavía adorado- Antonio Díaz-Miguel se había metido bajo la piel del aficionado y ahí se quedaría a vivir.

Todo empezó unas semanas antes, en un Preolímpico en Francia (primero Le Mans, luego París) que el equipo solventó sin demasiadas dificultades y, sostiene Juan Antonio Corbalán, con el mejor juego español de la década junto con el de un año atrás en el Eurobasket. Hubo 16 participantes y se ganó a ocho de ellos, casi siempre holgadamente. Ya clasificados ambos, solo se cedió ante la todopoderosa URSS en la final (119-92). La plantilla de Aleksander Gomelski la formaban Valdis Valters, Rimas Kurtinaitis, Sergei Tarakanov, Arvydas Sabonis, Vladimir Tachenko, Stanislav Emerin, Hein Enden, Valdemaras Homicius, Andrei Lopatov, Nikolai Derugin, Sergei Iovaisha y Aleksandr Belostenny. Como José María García solía decir en aquel entonces al filo de la medianoche, casi nada al aparato. ¿Hubiesen podido ellos con el batallón estadounidense del casi siempre colérico Bobby Knight?

Nunca se sabrá, aunque Gomelski dijo que aquella fue la mejor selección que tuvo, incluso mejor que la que sí ganó el oro en Seúl-88. En represalia por lo sucedido en Moscú en 1980, los soviéticos boicotearon la cita angelina, con lo que el camino hacia las medallas quedó más abierto. Más allá de los anfitriones, liderados por un chico de 21 años llamado Michael Jeffrey Jordan, nadie excepto Yugoslavia, vigente campeona olímpica, parecía superior a España en la lucha por la plata. Había mucha vieja guardia todavía ahí, y eso que Josip Broz Tito había muerto cuatro años atrás: tutelado minuciosamente por su hermano Aleksander, Drazen Petrovic, de 19 años, se daba a conocer de verdad fuera de Sibenik, pero la base del equipo de Mirko Novosel la formaban los Dalipagic, Radovanovic, Knego, Nakic, Sunara y compañeros mártires. La generación de Bormio se cocía a fuego lento y azul todavía.

La histórica semifinal ante los yugoslavos fue el momento más emocionante de todos los vividos, allí mismo y en la distancia. Casi como una conjunción de hitos generacionales, ocurrió apenas un mes después de que se estrenase La Bola de Cristal y las mañanas de los sábados supiesen a otra cosa. Se sabía que la final ante Estados Unidos sería un matadero, como lo había sido el choque de la primera fase (101-68, pese al esperanzador 46-41 al descanso gracias a un zonorrio 2-3 de Díaz-Miguel). Gran admirador del baloncesto universitario desde que aprovechaba sus viajes a Estados Unidos como representante de ropa para acumular conocimientos, Díaz-Miguel ya dijo aquel día que USA “nunca había reunido un grupo de jugadores de tanta calidad” y que Jordan era “un auténtico superhombre del baloncesto cuyo futuro es impredecible. Puede llegar tan alto como quiera. Parece un hombre de goma”.

Días en Inglewood

La aventura se había iniciado con problemas para superar a Canadá (83-82), en un buen día en el tiro exterior (cero sorpresa) de José María Margall. Continuó con un bronco partido ante los uruguayos, que llegaron a acercarse a diez puntos tras ir 25 abajo en la segunda parte. Aquello acabó 107-90, con Iturriaga luciendo en lo suyo, el contraataque, y Epi hartándose de anotar a tabla (33). Clásicos modernos. Las charrúas, acaudillados por un ‘Tato’ López al que no han logrado reencarnar cuatro décadas después, faltan en los Juegos desde entonces.

Por mucho Dacoury, Ostrowski, Dubuisson y Szanyiel que valgan, Francia puso menos dificultades (97-82), prolongando la fama de selección maldita que tanto le ha costado quitarse, si es que lo ha hecho: de Los Ángeles se fue penúltima tras ganarle únicamente a Egipto. A juzgar por los guarismos, España estaba fina en ataque, con un juego muy equilibrado exterior-interior. Fernando Martín se adelantaba 30 años a la moda de los ‘cincos’ pequeños y robustos, Kyle Hines style, los aleros trabajaban claramente para Epi y, en una iniciativa poco habitual para la época, los tres bases se repartían mucho los minutos (el titular Corbalán acabó con 16 de media y Solozábal y José Luis Llorente, con 12). El país siguió madrugando para ver exhibiciones como la ejecutada ante China (102-83). Curioso lo de los asiáticos: pese a pertenecer, siempre a su modo, a la órbita soviética, desoyeron el boicot y volvieron a unos Juegos 32 años después de los de Helsinki.

Todo eso, más la primera derrota ante Estados Unidos, situó a España segunda de la fase de grupos, lo que abocaba un cruce de cuartos de final bastante asequible frente a Australia, tercera del otro grupo tras Yugoslavia e Italia. Con un Andrew Gaze todavía bisoño, su estrella era Ian Davies, que terminó con 20 puntos. Quizás hubo un exceso de relajación porque, tras alcanzar un 39-23 terminando el primer tiempo (todavía eran dos de 20 minutos y no cuatro cuartos de diez), los aussies reaccionaron hasta empatar el choque (77-77). El despertador sonó a tiempo (101-93), activado al unísono por Fernando Martín y Epi (25 puntos por cabeza). A las dos grandes estrellonas del equipo les habían tenido que separar en un entrenamiento poco antes del Preolímpico y habían firmado la imprescindible pipa de la paz con la mediación de Díaz-Miguel y el mismísimo Felipe González, cenando en el restaurante La Tour d’Argent, con vistas al Sena, para celebrar la clasificación olímpica. Sepultado por lo que vendría después, el de Australia ha sido un partido olvidado por muchos. Margall no lo ha hecho: “En Seúl, cuatro años después, perdimos contra ellos en cuartos de final y terminamos octavos cuando aquel equipo no era mucho peor que el de la medalla de plata. Un logro puntual es cuestión de suerte”.

Llegaba el 8 de agosto, la gran semifinal, la que probablemente inspiró El imperio contraataca, de los Nikis, aunque España nunca llegase a estar 20 puntos arriba. El día amaneció con pique en la concentración: les llegó un ejemplar de Los Angeles Times en el que se leía que el tercer y cuarto puesto lo jugarían Canadá y España, hipotéticas víctimas de Estados Unidos y Yugoslavia. Mientras, al país, en su segundo año de gobierno del PSOE y a apenas un mes de enterrar a Paquirri, no le hizo falta trasnochar demasiado: el partido sería a las 15.00 hora local, 0.00 en la península. Quizás algo de aliento llegó a miles de kilómetros al oeste.

Aquella ‘semi’ empezó mal, diez abajo, pero fue el momento de los secundarios: una suspensión de Margall aquí, una asistencia sin mirar de Llorente allá y tres tapones y mucha intimidación defensiva de Fernando Romay. El escenario dio un giro: Drazen Petrovic, al que le faltaban dos meses para cumplir los 20, todavía no había tejido del todo su capa de héroe (y villano) y el final fue incluso plácido, con Díaz-Miguel alineando a sus tres bases al mismo tiempo. 74-61 (¡39-21 en la segunda parte!) y metal asegurado. Uno de los cinco que cosechó la delegación española en aquella cita olímpica junto a un oro en vela de Luis Doreste y Roberto Molina, otra plata en remo y un par de bronces, uno en piragüismo y otro el inolvidable de José Manuel Abascal en el milqui. Los ‘plavi’ acabarían haciéndose con el tercer puesto ante Canadá (37 puntos de Dragan Dalipagic).

Impecable Corbalán en la dirección y certero Margall en el lanzamiento hasta llegar a los 16 puntos, dos más que Epi. “Un partido como este tiene que jugarse como se ha hecho: teniendo en cuenta lo mal que lo hemos hecho al principio. No hemos arrojado la toalla cuando perdíamos, hemos sabido empatar y finalmente hemos sabido jugar cuando íbamos ganando, que muchas veces no es fácil”, presumía Díaz-Miguel, que indicaba que, dos días después, el oro era “imposible”. Por allí cerca, Romay le ponía optimismo a la utopía: “los americanos salen como favoritos, pero somos cinco contra cinco y no nos entregaremos, vamos a darles guerra”.

En la final (vuelta a las 19.00 locales, 4.00 en España) no hubo nada que hacer, como se temía, por mucho que en el fondo de los corazones hispanos quedase un resquicio de fe. El 0-2 inicial con dos tiros libres de Corbalán, la única ventaja de la que se disfrutó, sigue generando bromas en los reencuentros y homenajes. 52-29 al descanso y 96-65 al final en medio de una defensa asfixiante de los norteamericanos. “Era un equipazo muy superior. Jugaban a un altísimo nivel. En ese momento había una diferencia de 25 años entre el juego de Estados Unidos y el resto. Michael Jordan era un talento sobrenatural de juego y de físico. Disfrutabas viéndolo jugar, fue un campeón y luego consiguió todo”, apunta Epi. “No podíamos aspirar a más en aquel momento. Aunque ellos fueran una selección universitaria, estaba liderada por unos jugadores que a posteriori se consagraron en la NBA. Además, jugaban en casa y era complicado”, tercia Andrés Jiménez, máximo anotador español de la final con 16 puntos, dos más que Fernando Martín. Aquel partido también quedó inmortalizado por ser el último de la historia del baloncesto FIBA en el que no hubo línea de tres puntos.

Al final Jordan (17,1 puntos por partido… pero en 21 minutos de media) sale en todas las conversaciones con los protagonistas. Para ‘Jimix’, cuya vocación de dibujante la volcó en un comic sobre aquellos días que se publicó en Nuevo Basket, “en cuanto salía él, hacían un contraataque y el público se venía arriba”. Corbalán ya se había enfrentado al joven ‘Air’ en 1982, en un par de partidos disputados en Ginebra y Budapest entre la selección europea y un combinado universitario para conmemorar que la FIBA cumplía 50 años. “Ya era una fierra corrupia”, resume gráficamente. “En los Juegos estaba rodeado de otros jugadores muy buenos, como Pat Ewing, Sam Perkins, Chris Mullin y Vern Fleming, pero él eclipsó a todos”, apostilla. “Jordan era un talento, el paradigma de jugador. No solo era un fenómeno físico. Pero como ahora los jugadores NBA son más poderosos físicamente no depuran tanto su juego”, manifiesta Solozábal. Pero Romay, con terreno abonado para su carácter jocoso, siempre presumirá de que le puso dos tapones.

El legado

Los jugadores –de los doce seleccionados solo falta uno, Fernando Martín- suelen reivindicar el significado que tuvo para el baloncesto nacional lo conseguido. “España no durmió para ver aquella final y el país disfrutó de ese partido que todos sabían que íbamos a perder. Nos merecíamos la plata y ese partido fue un cambio para el baloncesto español. Menos el Real Madrid-Barcelona, eran todo partidos de 700 personas y, a partir de ahí, se empezaron a llenar pabellones”, sostiene Epi. “No es que si no hubiéramos existido nosotros Pau Gasol y compañía no hubieran estado, no: es que nosotros pusimos las bases para que los niños de hoy día jueguen al baloncesto”, opina Romay.

Díaz-Miguel lo supo ver mientras todavía se secaba el sudor, justo antes de la entrega de medallas: “Estoy muy satisfecho. Es el éxito más grande obtenido por nuestro baloncesto y hay que felicitarse por ello”. Aparcada quedaba la polémica que había protagonizado antes del torneo con el joven Jordi Villacampa, al que, tras jugar muy poco en el Preolímpico, desalojó para asombro de todos de los doce elegidos para dar entrada a José Manuel Beirán. Pasado tanto tiempo, la admiración al seleccionador como catalizador de todo sigue perdurando: “Fue un innovador, el primero que fue a Estados Unidos e importó muchos conceptos”, indica Solozábal.

Y llegó la ceremonia presidida por Juan Antonio Samaranch, el orgullo, la sonrisa y las bromas al oído con esos chándals grises Adidas para siempre también en la memoria. “Sentíamos que un país entero nos acompañaba en aquel momento de la imposición de las medallas. Miles de telegramas así lo confirmaban y sin darnos cuenta entramos en la memoria de millones de aficionados que nos acompañaban hasta altísimas horas a través de la televisión”, escribió Corbalán en España pasa por el aro olímpico (2008). Fue su última contribución al equipo nacional. Olvidados sus problemas en el tobillo que obligaron a una pequeña intervención quirúrgica, olvidados los dolores de espalda de Fernando Martín que le tuvieron semanas sin entrenar, olvidado el codo de Epi tras un accidente en Menorca, olvidado que, al fin y al cabo, todos llevaban trece meses sin parar. Jiménez habló de que, hasta la plata del Forum, “había un coto cerrado de aficionados y a partir de ahí pasó a ser un deporte popular entre todo el mundo”.

Iturriaga, como es habitual, le da el toque realista, casi cínico. “Lo nuestro duró demasiado y fue una losa desgraciadamente pesada para generaciones posteriores”, aseguraba ya en 2001 en Gigantes del Basket, donde explicaba que “tuvimos suerte, porque el fútbol venía de la decepción del Mundial de 1982 y eso nos favoreció. Además, la televisión se volcó. Aquello fue muy fuerte: a los cuatro días de volver de Los Ángeles cogí a un amigo y me fui a Italia porque aquí no había manera de salir de casa”. Juan de la Cruz narraba algo similar: “Fui con mi hijo Eric al zoo de Barcelona y nos tuvimos que ir porque la gente me acosaba pidiendo autógrafos y él se asustó”.

El retorno de Fernando Arcega también tuvo su gracia: volvió tres días más tarde que el resto del equipo junto a miembros del Comité Olímpico Español, pero se olvidó de avisarlo a sus padres y hermanos, que le esperaban en Madrid-Barajas y se tuvieron que volver a Zaragoza con el chasco. Cuando por fin regresó, pararon para comer en Calatayud, que estaba en fiestas: “No nos querían dejar salir de allí. Todo el mundo nos invitaba a su casa, menos mal que nos escapamos”. Lo mismito que Llorente en la feria de Almería.

Escribir me salvó de la locura”, diría Sabino Méndez en 2017. A nosotros, y a quienes no lo vivieron y se lo contamos después, el baloncesto y L.A. nos sumergió en ella.

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