Notas de Fútbol

Confieso que cuando vi por primera vez la imagen de Vozinha llorando sobre el césped de Atlanta, no supe del todo qué me estaba conmoviendo. No era el resultado —un más que meritorio 0-0 ante España—, ni siquiera la proeza estadística de un hombre de 40 años resistiendo 27 disparos. Era otra cosa. Algo más antiguo y más difícil de nombrar. Tengo la sensación de que ese hombre no lloraba por lo que acababa de hacer, sino por todo lo que había tenido que ocurrir antes para que ese instante fuera posible.

Y de eso, me temo, va el fútbol cuando todavía merece la pena.

El nombre de una abuela

Su nombre real es Josimar José Évora Dias, y ya en eso hay una historia. Su padre, enamorado del juego, quiso llamarlo Valdano —sí, por el argentino—, pero las autoridades de Cabo Verde no admitían nombres extranjeros, así que se conformó con Josimar, en honor al brasileño del Mundial del 86. Pero el chico nunca fue Josimar para los suyos. Lo criaron sus abuelos, porque el padre andaba en el servicio militar y la madre trabajaba sin descanso. Y los críos mayores, en los partidos de calle, se burlaban diciéndole que iría a quejarse con su abuela. De ahí, Vozinha —abuelita, más o menos, en portugués—.

Me detengo aquí un momento. Porque me parece que pocas veces un apodo dice tanto de un hombre. Vozinha no es un nombre de gladiador ni de estrella. Es el nombre tierno que sobrevive a la infancia, el que delata que detrás del portero gigante —mide casi metro noventa— hay un niño que creció echando de menos a sus padres y aferrado a dos viejos que lo fueron todo.

Y cuando frenó a España, lloró por ellos. Por los abuelos que ya no estaban. Lo dijo con una sencillez que desarma: murieron unos años antes, e hicieron todo por mí y por mi vida. Me pregunto si hay alguna estadística capaz de medir eso. No la hay. Por eso me gusta el fútbol, supongo: porque insiste en contener lo que los números no alcanzan.

La tiranía del reloj

Hay una tentación fácil con Vozinha, y es convertirlo en fábula motivacional. Me resisto. Porque su historia no es la del talento que triunfa, sino la del que persevera sin garantía ninguna de premio. No fue profesional hasta los 25 años. Antes, según cuentan en Portugal, tuvo que ganarse la vida en otros oficios, porque el fútbol no daba para comer. Después vino el largo peregrinaje: Angola, Moldavia, Chipre, Eslovaquia. Clubes que la mayoría no sabríamos situar en un mapa. Un único título en toda una carrera. La definición misma del futbolista anónimo.

Y de pronto, a los 40 años, el reloj que tantas veces juega en contra de los porteros —ese oficio donde se envejece a la vista de todos— se detuvo a su favor. Lo dijo él mismo: tengo 40, pero no fui profesional hasta los 25; esto es la recompensa de todo el viaje. Me quedo con esa palabra, viaje. Porque define mejor que ninguna otra una vida en el fútbol que no fue una línea recta hacia la gloria, sino un rodeo largo, paciente, casi terco.

Confieso que envidio un poco esa paciencia. En un fútbol que descarta a los 23 a quien no ha estallado aún, Vozinha es una rareza hermosa: la prueba de que a veces el premio llega tarde, pero llega.

Un archipiélago contra el mundo

No se entiende a Vozinha sin entender a Cabo Verde. Un puñado de islas en el Atlántico, poco más de medio millón de habitantes, la nación más pequeña por superficie que ha llegado jamás a un Mundial. Un país que vive tanto fuera de sí mismo como dentro —hay casi el doble de caboverdianos repartidos por Portugal, Holanda o Francia que en las propias islas—, y que ha construido su selección, pieza a pieza, recuperando a los hijos de esa diáspora.

Tengo la sensación de que ahí reside lo más conmovedor del asunto. Esta no es la historia de un país que produce futbolistas, sino la de uno que los reúne. Que va a buscar al delantero nacido en Róterdam, al central criado en París, al defensa irlandés al que reclutaron por un mensaje de LinkedIn que estuvo a punto de borrar pensando que era publicidad. Hay algo de rompecabezas emocional en este equipo —el de una identidad dispersa que, por una vez, se reconoce entera sobre un césped—.

Los dirige Bubista, que fue capitán de esa misma selección cuando no ganaba nada, y que ahora la ha llevado donde nunca había estado. Lo resumió sin grandilocuencia: somos un país pequeño, pero podemos jugar contra los grandes. Y, en un gesto que me parece de una elegancia rara, le dedicó la gesta a otras selecciones modestas que pelearon antes sin llegar. Como si supiera que ninguna hazaña se sostiene sola, que toda gesta se apoya en los hombros de los que cayeron primero.

Las historias que nos quedan

Sé lo que se dirá. Que un Mundial de 48 equipos diluye la competición, que abre la puerta a los pequeños a costa del nivel. Y no me atreveré a negarlo del todo —algo de razón hay—. Pero permítanme una duda en sentido contrario: ¿y si lo que llamamos nivel no fuera lo único que da sentido a un torneo así?

Porque resulta que los cuatro debutantes de este Mundial marcaron al menos un gol. Porque Vozinha detuvo siete disparos de España y mandó a su madre —que casi se queda sin verlo por un problema de visados resuelto in extremis— a llorar en la grada. Me temo que tendemos a confundir la grandeza de un Mundial con la calidad de sus finales, cuando quizá resida más bien en estos márgenes: en el portero veterano, en la isla diminuta, en el hombre que esperó 40 años.

Vozinha le dijo una cosa a su yo de 18 años que no consigo quitarme de la cabeza: que se sintiera orgulloso, que todo había valido la pena. Y pienso que esa frase, dicha por un hombre al que el fútbol no le debía nada y que aun así nunca le pidió cuentas, es lo más cerca que este deporte llega a parecerse a la vida. No premia siempre a quien lo merece. Pero, de vez en cuando, espera. Y cuando espera lo suficiente, uno entiende para qué seguimos mirando.

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