Mike Brown Knicks

La escena podía ser una entre las cientas que ocurren en el transcurso de una temporada en la NBA. El amargo sabor de la derrota se pasaba rápidamente por el imparable tren que es la fase regular, donde hay tan poco tiempo para celebrar un triunfo como para lamerse las heridas tras una caída. 

Mike Brown acababa de realizar la típica sesión matutina de tiro poco antes de embarcarse en uno de esos cómodos viajes entre rivales de división. Unas risas, un discurso motivacional, un par de directrices a ciertos jugadores para ajustar de cara al siguiente duelo… Entretanto, técnico y estrella de la franquicia, De’Aaron Fox, conversaron en un aparte donde Brown le indicaría que necesitaba un mayor grado de responsabilidad de su base. Algo que también trasladaría a la prensa, la cual esperaba pacientemente su turno. 

“Tengo 54 años y he vivido muchísimas cosas en este negocio. He pasado por más buenos que malos momentos”, diría a los medios, como anticipando lo que estaba por venir.

No muchos minutos después de aquello sería requerido en instancias superiores de las instalaciones de los Kings. Allí, Monte McNair le comunicó la decisión de cesarle, un desenlace que, según se pudo saber, no provino del ex general manager de Sacramento, sino directamente de la propiedad. Como esperando una reacción en una plantilla que estaba lejos de la zona de Play-In y hacía no mucho había acabado en tercera posición del Oeste. 

La sucesión de acontecimientos era el mejor resumen de la carrera de Mike Brown como entrenador en la NBA. Hacerse cargo de una plantilla de retales, con la que nadie contaba, darles una identidad, confianza y convertirles en un grupo ganador, para que a las primeras de cambio la franquicia le soltase la mano.

Los Kings mejorarían ligeramente con su sustituto, Doug Christie, acabando novenos y eliminados en el Play-In, pero en esta campaña su desplome sería total. De la identidad fomentada por Brown solo quedaría el recuerdo. 

El tiempo en el paro para Brown sería más bien breve, pues pronto a su puerta llamaron los New York Knicks, trasladándole el encargo de convertirles finalmente en un aspirante al anillo. Y en un abrir y cerrar de ojos, los neoyorquinos conquistaron la Emirates NBA Cup, ganaron el Este y, por tanto, se metieron en las Finales de la NBA. Con altos y bajos, por supuesto, pero ofreciendo resultados al final del día. 

Una carrera de obstáculos

La carrera de Mike Brown no ha sido una historia de éxito, más bien una lucha constante por ponerse en valor, por defenderse de golpes que le venían por todas partes y tratar de mantenerse a flote mientras todos le lanzaban piedras.

Nada más debutar como head coach tuvo que escuchar aquello de que solo ganaba por tener a LeBron James en el equipo. Un arma de doble filo, pues cuando Cleveland vencía era gracias a la estrella y cuando caían por culpa del técnico. De hecho, en el momento de la presentación de Brown como técnico de los Cavaliers, Dan Gilbert colocó un gran reloj presidiendo la mesa, enviando un mensaje directo al nuevo responsable de que el tiempo iba en su contra y esperaba resultados pronto.

“Es un asistente perfecto», escribió un reputado periodista por entonces en Yahoo! Sports. “Eso no lo convierte en un líder. Además, desarrolló el baloncesto más frustrante que jamás hayamos visto, perdiendo el tiempo de LeBron James y Kobe Bryant a lo largo de los años. A veces, los asistentes deben seguir siendo asistentes”.

“Brown se unirá a la lista de entrenadores que nunca estuvieron a la altura de las expectativas de los fans de los Lakers. Lo extraño es que Brown probablemente habría prosperado en un lugar como Charlotte, con menos expectativas y necesitado de estabilidad y defensa, bajo menos escrutinio de los medios”, escribió otro periodista de renombre en CBS Sports.

Sin embargo, el tiempo pone a cada uno en su lugar. Y al igual que Dan Gilbert reconoció años después que fue un error despedir a Brown, los Lakers acabaron sumidos en la miseria deportiva más absoluta tras deshacerse de un técnico brillante.

Quizá el único lugar donde verdaderamente apreciaron su talento fue en Oakland. Brown se convirtió ahí en una pieza pivotal del despegue de los Warriors con Durant a la cabeza. Sobre esa máquina de ganar se ha escrito mucho y muy variado, pero es la excepción que confirma la maldición de los superequipos. Y fue excepción porque desde el banquillo se tuvo claro que la llave del éxito estaba atrás. 

Tres anillos de seis posibles antes de poner rumbo a Sacramento, donde terminó con una sequía de 16 temporadas sin pisar Playoffs.

La última cima

Tan solo seis entrenadores en toda la historia de la NBA han conseguido llevar a dos o más franquicias distintas hasta las Finales de la NBA: Phil Jackson (2), Pat Riley (3), Larry Brown (2), Alex Hannum (2), Bill Sharman (2) y, por supuesto, Mike Brown (2). 

Entre la carrera de los Cavs en 2007 hasta la de los Knicks en 2026 cabe la mayor evolución que ha vivido el baloncesto en toda su historia desde la introducción del reloj de posesión en 1954. Un tiempo más que prudencial para que un técnico pudiera quedarse desfasado desde el punto de vista táctico o incluso en la gestión humana. Algo que no le ha sucedido a Brown. 

Su energía, sensibilidad y capacidad de gestión están fuera de toda duda. Aptitudes que han podido comprobarse a la perfección durante esta campaña, en la que los Knicks han experimentado subidas y bajadas notablemente pronunciadas. Del inicio tibio en octubre a la alegría de la Copa pasando por el declive de enero y la velocidad de crucero tras el cierre del mercado. 

Todo ello para desembocar en la racha de victorias seguidas más amplia y duradera de la historia de los Knicks en los Playoffs (13) y la segunda de todos los tiempos.

Pese a las dudas que uno pudiera tener con respecto a los neoyorquinos, a su durabilidad, profundidad o variedad de opciones en ataque, la realidad es que estos han sido un conjunto intratable desde que arrancó la postemporada. 

Los Knicks han pasado por encima de sus oponentes como un avión. Aparentemente nada ha cambiado y, al mismo tiempo, este es un equipo distinto.

Entonces, ¿cuál es la receta del éxito de Brown? 

La mezcla del factor humano con su predisposición a abrazar el cambio.

El caso Towns

Con 2-1 abajo ante los Hawks en primera ronda, la situación en el Madison Square Garden era más que tensa. Habían perdido el factor cancha frente a un conjunto con más intención que talento y estaban a una derrota como visitantes de dejar prácticamente sentenciada su temporada.

Es en ese punto tan crítico donde se produce una conversación entre Brown y Karl-Antony Towns que cambiaría al equipo. En aquella charla, el pívot le pidió a su técnico tener un mayor peso en el ataque, mientras que el otro que diera un paso adelante en defensa. 

Lo curioso es que ambos tenían razón. 

Towns debía ser más importante en el esquema ofensivo, pero su entrenador no iba simplemente a ceder y darle la bola sin control solo para acallar a la estrella. Todo lo contrario. Brown y su staff se fueron por la tangente: KAT pasaría a ser el facilitador del ataque de los Knicks.

¿El resultado? Una apisonadora de rivales que contaba victorias por partidos disputados entre el 27 de abril y el 7 de junio.

«Cambiamos nuestra forma de jugar, tanto en ataque como en defensa, a mitad de temporada, y volvimos a cambiarla después del tercer partido», dijo Brown respecto del cambio. «Los Hawks nos obligaron a pensar más y a jugar diferente. Buscamos maneras de facilitar el juego, potenciando las fortalezas de los jugadores y sin limitarlos. Modificamos nuestra estrategia ofensiva, pero, de nuevo, fue porque nos vimos obligados a hacerlo”.

Esa ligera modificación ha permitido ver la versión más eficiente y útil de Karl-Anthony Towns en más de 10 temporadas en la NBA. Un jugador que, al fin, está explotando su versión creativa desde el pase y el mano a mano, abriendo un abanico de posibilidades infinito para los Knicks. Y cuya consecuencia derivada ha sido la liberación de Jalen Brunson de buena parte del peso creativo en el ataque del grupo, una asignatura pendiente desde tiempos de Thibs. 

El reto final

Con las Finales de la NBA en desarrollo cualquier escenario a futuro es hacer castillos en el aire. La dictadura del resultado será la que determine si lo realizado por Brown ha sido un éxito o bien si se ha quedado corto en su intento de romper la sequía de más de 50 años de los Knicks. Instancia que, desde entonces, tan solo habían conseguido dos técnicos en la Gran Manzana: Pat Riley en 1994 y Jeff Van Gundy en 1999.

Resolver la ecuación Wembanyama es el gran reto que tienen por delante los Knicks en su camino hasta el campeonato. Un problema de enormes dimensiones, en lo físico y en lo abstracto, y que en el primer asalto tan bien hicieron. 

El destino ha querido que estas Finales tengan tantos guiños con la propia carrera de Mike Brown. Ante los Spurs perdió las series de 2007, en San Antonio ganó su primer anillo como asistente y en el otro lado se encuentra su gran pupilo en los Kings, Fox. 

Independientemente del desenlace, Mike Brown ha vuelto a demostrar al mundo que, lejos de lo que aquel antiguo insider pudiera pensar, no se trataba de un asistente venido arriba, sino de uno de los entrenadores de mayor impacto que uno puede encontrar en la geografía NBA.

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