Este año, después de doce temporadas arbitrando baloncesto —las últimas siete en Liga Femenina Endesa y 1ª FEB—, he decidido tomarme un descanso temporal. Compaginar mi trabajo de lunes a viernes con la actividad arbitral “profesional” el fin de semana es duro y, después de tantos años, una empieza a colocar en una balanza los pros y los contras de todo. Es mucho el tiempo y esfuerzo dedicado para llegar hasta aquí, y simplemente dejarlo así, de la noche a la mañana, no es una opción.

Aunque he desconectado bastante del baloncesto y ahora dedico los fines de semana a otras actividades, sigo manteniendo una relación muy estrecha con el arbitraje a través de mi marido, quien me metió en esto y quien —como durante los últimos 17 años— cada fin de semana sigue viajando por España para arbitrar. El baloncesto es su pasión.

Últimamente no suelo acompañarlo, pero este fin de semana él tiene partido en Benicarló y nos ha parecido una buena excusa para pasar el puente de la Cincomarzada en el Delta del Ebro con mi familia. El fin de semana está siendo bastante bueno a pesar de las lluvias.

Es domingo por la mañana y me dirijo con mis padres en coche al Pabellón Polideportivo Municipal. Mi marido llegó a la ciudad ayer por la noche y lo último que me escribí con él por la mañana es un: “Que vaya muy bien el partido, guapo. Estaré apoyándote en la grada”.

Entramos en el pabellón y llama mi atención un póster con el CÓDIGO DE COMPORTAMIENTO del club. Lo típico: respeto, ejemplo, orgullo, educación, esfuerzo, valores… paja.

Nos ubicamos en la grada, en una zona que nos parece que tiene buena visibilidad, y saludo a lo lejos a mi marido y a su compañero, con quien he coincidido en alguna ocasión. Nos intercambiamos una sonrisa.

Empieza el partido y no sé muy bien qué me pasa, pero llevamos pocos minutos de juego y no me siento cómoda; empiezo a notar una ansiedad que no sé de dónde viene. Desde que me tomé el descanso he visto pocos partidos de baloncesto y, además, hace bastante tiempo que no estoy en una pista caliente. El público está muy agitado, protesta cada decisión arbitral en contra del equipo local, grita, se levanta… Lo comento con mis padres, les digo que no estoy a gusto, a lo que mi madre contesta que “es normal, vaya ambiente”. Pero yo le respondo que creo que no es eso, que “no es para tanto”. He visto, jugado y arbitrado miles de partidos en mi vida, y muchas veces he vivido ambientes tensos, gritos, nervios… No puede ser eso.

El partido avanza y, de repente, el compañero de mi marido detiene el juego. Se acerca a la mesa de oficiales y, hablando con el delegado de campo, señala una zona de la grada. Mientras el delegado de campo se acerca a la zona indicada, casi pidiendo disculpas, veo que el árbitro también ha solicitado la presencia en la pista de la Guardia Civil.

Yo pienso que para tomar una decisión así —parar el partido e identificar a un espectador— lo que le tienen que haber dicho ha de ser grave. Yo sé que es así, tiene que ser así. Pero parece que soy la única que lo piensa, porque el resto de la grada ha empezado a gritar e insultar con más fuerza que antes, se han puesto de pie, gesticulando e increpando a los árbitros.

Una podría pensar que la reacción de los espectadores ante esta situación podría ser la de calmarse un poco, intentar tranquilizar al del bombo, que se está yendo de la grada señalando y gritando hacia la pista, ¿no? Pues ocurre todo lo contrario: la gente se vuelve loca.

Sigo sintiéndome mal, cada vez un poco peor. Durante estos minutos de pausa oigo cómo mi madre empieza a hablar con la señora que se sienta a su lado y que lleva todo el partido protestando. Siento vergüenza, pienso: “Mamá, cállate”. Tengo el impulso de decirle que lo deje estar, pero al mismo tiempo se me pasa por la cabeza: “¿Por qué? ¿Toda esta gente comportándose como energúmenos y nadie les puede decir nada?”. Admiro su valentía, dejo que hable un rato y, al poco, le digo que con esta gente no se puede razonar.

Se reanuda el partido, estamos en el segundo cuarto. Al rato los árbitros le pitan varias faltas técnicas al entrenador local y a uno de los jugadores locales por protestar. De nuevo se forma la gozadera. Hace rato que las protestas y gritos han ido a más y parece que en cualquier momento esta olla a presión va a explotar. Una histeria colectiva ha inundado el pabellón, niños y mayores de pie gritando. Con este ejemplo, ¿cómo esperamos que se comporten los niños? ¿En qué adultos se van a convertir?

Yo estoy mirando hacia la pista, observando las reacciones de unos y otros. Entre el barullo de jugadores y árbitros dialogando, veo cómo el entrenador local aparta el balón de la pista y lo desplaza con el pie, alejándolo de la posición más cercana a los árbitros, lo que les obligará a tener que ir a buscarlo cuando se reanude el juego. En este momento pienso: “¿Cuántos años tiene este señor? ¿Estamos viendo un partido de ‘profesionales’ o estamos en el patio de un colegio?”.

Estoy empezando a no entender nada, a sentir mucho dolor. Oigo chillar a mi espalda y me giro. Veo a un hombre que aparenta unos 80 años fuera de sí. Le hago gestos de calma con las manos y me levanto porque se me ha pasado por la cabeza decirle que uno de los árbitros es mi marido. No sé por qué, pero he pensado que quizás, mostrando a la persona que hay detrás del árbitro, puedo conseguir que cambie el chip. Se me ocurre que este señor pueda pensar: “Ay, pobrecita, estamos aquí todos insultando a su marido, vamos a calmarnos”.

Pero lo que sucede es que me bloqueo. No soy capaz de articular palabra. Creo que esto me pasa porque este hombre está a punto del infarto y, desde que me he girado, no ha parado de gritar: “¡¡El árbitro, el árbitro, el árbitro, el árbitro!!”, como un loco. Miro al señor que está a su lado, esperando poder dirigirme a él, pero este también grita sin pausa: “¡¡Este es un hijo de puta, es un hijo de puta, este es un hijo de puta!!”.

No puedo decir nada, no hay espacio para decir nada. Siento miedo.

Me giro hacia la pista y me siento de nuevo. Miro el crono, queda 1:20 para llegar al descanso y en este momento decido que, cuando se acabe el cuarto, me voy a ir de aquí.

Hace rato que no estoy pensando en mi marido. De hecho, en todo este tiempo no he sufrido por él, o al menos no conscientemente. Soy yo la que está sufriendo al ver toda esta violencia que no soy capaz de comprender. Necesito salir y quizás por eso me levanto y le pido a mi padre que me dé las llaves del coche. Decido largarme de aquí cuanto antes, no voy a aguantar ni un segundo más.

Subo las escaleras de la grada, le digo a un señor que el espectáculo es lamentable y voy hacia la salida. Me contengo unos metros para que no se me salten las lágrimas antes de salir a la calle y, cuando ya he cruzado la verja, empiezo a llorar.

¿Qué me está pasando? No lo entiendo, pero no puedo parar de llorar mientras camino hacia el coche.

A mí me han gritado muchas veces en una pista y nunca me había sentido así. Quizás porque, desde la pista, en la distancia, concentrada en el juego, todo esto pasa más desapercibido, en otro plano.

En el coche, más calmada, con el rugido del pabellón de fondo y un pitido en los oídos que tardará en desaparecer —como la presión que siento en la cabeza—, empiezo a pensar.

¿Soy débil? ¿Soy demasiado sensible? ¿Tengo la piel muy fina?

Me viene a la cabeza la primera y única vez que he llorado en un vestuario después de un partido. Fue hace muchos años, en un partido de competición autonómica, en el que no fui capaz de entender lo que había pasado en la pista. Impotencia e incomprensión. Luego te vas curtiendo, aprendes a no pensar, relativizas y sigues tu camino.

A veces eso te lleva a no saber valorar correctamente qué es “admisible” y qué no. Imagino que algo así le ocurre también a los aficionados cuando pierden el norte.

De pronto me preocupo porque me sorprendo planteándome si los árbitros del partido de hoy han hecho algo para merecer que les traten así. Como si eso fuera posible, como si de alguna manera se pudiese justificar la lamentable actitud de la gente. Me siento mal por ello, ¿cómo he podido pensar esto, precisamente yo?

¿Tan difícil es entender que un árbitro solo intenta acertar en sus decisiones? Recuerdo un partido de categoría escolar en el que me gritaron que se me veía el plumero… En fin, sorprendente.

Y me vuelve a la cabeza el CÓDIGO DE COMPORTAMIENTO que he visto hace un rato al entrar en el pabellón. Valores…

Hace unos años escuché a un entrenador amigo en una conferencia hablando de los valores del deporte. Lo que él decía es que el deporte es un vehículo para transmitir valores si educas y entrenas en esos valores, si dedicas tu esfuerzo y empeño a que tus jugadores y jugadoras comprendan, integren y compartan esos valores, los valores que tú quieras, que pueden ser muchos y muy diversos.

Los mensajitos y pancartas de “no a la violencia” y “respeto por todos los participantes” no sirven de nada si no se actúa en consecuencia, de forma contundente, cada semana. Si las directivas, los entrenadores, los responsables, los padres… no hacen nada, los valores se quedan ahí, en el póster de la puerta.

Por supuesto, nada de esto ha trascendido y nadie se ha pronunciado al respecto. Las crónicas solo lamentan la derrota local en una jornada fallera. Imagino que porque todo el mundo entiende lo que ocurrió el domingo como algo normal.

Este no es un caso aislado, situaciones parecidas se viven cada fin de semana por toda la geografía española. Sin ir más lejos, hace apenas cuatro semanas agredieron a un compañero árbitro en un partido de 3ª FEB en Fuerteventura.

Este relato es solo mi manera de poner palabras a algo que no había sentido antes en un partido de baloncesto. Parece que ahora, desde el otro lado, con otra perspectiva, me resulta más fácil escribir.

*La autora de este texto, Elena Espiau es árbitra de Primera FEB y Liga Femenina Endesa

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