Nunca tuvo el papel de estrella, pero siempre ha sido muy buen soldado, un buen jugador de equipo. Compañero de verdaderas leyendas del baloncesto, Pep Cargol fue una pieza fundamental en los éxitos del Real Madrid a finales de los ochenta y en los noventa. Con sus 2,04 m de altura era un jugador tremendamente versátil, que incluso llamó la atención de alguna franquicia de la NBA, en una época en que la polivalencia brillaba por su ausencia en las canchas de baloncesto. Suya fue la última canasta en la final de la Liga Europea del 95 en Zaragoza, la ciudad donde reside en la actualidad. Aquel mate supuso el broche de oro a un título que se había convertido en una auténtica obsesión para el conjunto blanco.
Empezó jugando por dentro, pero acabó siendo un jugador muy polivalente que, menos de base, jugó en las otras cuatro posiciones. Josep Cargol Costa, más conocido como Pep Cargol, nació en Sant Joan les Fonts (Girona) el 11 de marzo de 1968. Fue un alero físicamente muy potente, con buena capacidad de penetración a canasta y un gran potencial defensivo. Sus mejores años los pasó en el Real Madrid, donde ganó los principales títulos nacionales y europeos a lo largo de sus 9 temporadas allí. Después de su etapa en la capital de España, tuvo el mérito de volver a disputar la máxima competición europea con dos equipos diferentes, Caja San Fernando y PAOK Salónica.
Aunque es fisioterapeuta, en la actualidad se dedica a la gestión deportiva y a la formación relacionada con el mundo de la empresa. No obstante, el baloncesto sigue estando muy presenta en su vida, ya que entrena a un equipo júnior de Zaragoza. Para Pep Cargol, el basket es el motor de todo lo demás.
Tus inicios en el baloncesto.
Yo soy de un pueblecito de la provincia de Girona, Sant Joan, y empecé a jugar al baloncesto allí. Con 15 años se da la situación de que un jugador de la Penya, que era de un pueblo de al lado del mío, se lesiona y viene a mi pueblo a hacer la recuperación y va a entrenar al equipo donde yo estaba jugando. En esa época yo era infantil y ya era muy alto. Este jugador de la Penya habla con mis padres, vamos a Badalona y hacemos una prueba. Finalmente, me ficha el Cotonificio, que después se llamó el Licor 43, y allí estoy hasta los 18 años, coincidiendo con mi etapa juvenil y mi primer año júnior. El equipo desciende de la ACB a Primera B. Pese a que iba evolucionando como jugador, yo tenía claro que quería seguir jugando en este equipo porque, siendo todavía júnior, ese verano había tenido la opción de fichar por otros equipos de ACB y decidí quedarme allí. Durante esta etapa tenía muchas horas de entrenamiento que compaginaba con los estudios. Antes de ir a las clases hacía técnica individual; al mediodía, después de las clases, volvía a hacer técnica individual o tiro, y por las noches, a veces alternaba los entrenamientos del equipo júnior y del primer equipo. Eran muchas horas de baloncesto, mucha ilusión, muchas ganas, mucha gente que apostaba por mí, mucho amor por el baloncesto. Badalona es técnica individual, es desarrollo de jugadores. Yo era muy alto y estaba jugando de pívot, pero tenía mucha movilidad. Por tanto, tenía que trabajar todo ese potencial para poder jugar por fuera. Primero empecé jugando de 5, después de 4, para acabar jugando de 3. Los inicios fueron en un piso de becados con más compañeros y compaginando los estudios. Yo siempre tenía como prioridad sacarme los estudios. Era un buen estudiante y también quería disfrutar del baloncesto, que para mí era un privilegio en ese momento y lo sigo viendo ahora como un gran privilegio, como una gran oportunidad.
En diciembre del 86, con 18 años, fichas por el Real Madrid.
Durante mi etapa en el Licor 43, estaba estudiante en el Instituto de Santa Coloma de Gramanet. Recuerdo que cuando fiché por el Real Madrid estaba haciendo COU. En verano de ese año, el Real Madrid ya había intentado ficharme cuando yo estaba en Primera B, pero en ese momento no era para jugar en el primer equipo, sino que era más para estar con el júnior y compaginarlo con el primer equipo. En ese momento decidí no fichar por el Real Madrid. Me acuerdo que Clifford Luyk, que todavía me lo recuerda cuando me lo encuentro, me decía: “Este es un tren que solo pasa una vez en la vida”. Pero afortunadamente ese tren volvió en diciembre, que era el año en que los hermanos Martín estaban en Estados Unidos, Fernando en Portland y Antonio en la Universidad de Pepperdine. Por tanto, ellos tenían problemas en esa posición. Clifford insistió y Tirso Lorente, que me conocía de la selección júnior, insistía y le hablaba a Clifford y a Lolo de mí. Así que volvieron en diciembre para que jugase en el primer equipo, y en esta ocasión, evidentemente, no les dije que no. Llegaron a un acuerdo los dos clubes, se pagó un traspaso y fiché por el Madrid. Fui a Madrid un 23 de diciembre. El 21 o 22 de diciembre estaba en Santa Coloma y llamé al presidente de mi equipo. Me dijo que los clubes habían llegado a un acuerdo y que hacía falta que yo diese el sí. Cogí un autobús y me fui a Sant Joan a hablar con mis padres, y decidimos que sí. Después, un amigo me preparó las bolsas del piso y nos fuimos en el puente aéreo a Madrid. Vino Lolo a recogerme al aeropuerto y de ahí me llevó directo al entrenamiento en el Palacio de los Deportes porque iban a jugar el Torneo de Navidad. Ese primer entrenamiento no entrené. Al día siguiente sí que lo hice y ya jugué el primer partido del Torneo de Navidad
Las pasadas Navidades volvieron a emitir en Teledeporte el partido entre el Real Madrid y Yugoslavia, correspondiente a este Torneo de Navidad.
Sí, vimos este partido en casa estas Navidades. Mis hijos fliparon al verme con 18 añitos allí. Y yo, cuando he visto las imágenes, veo inexperiencia, ingenuidad, frescura, inconsciencia y me veo con ojos alucinados de ver dónde estoy. En las imágenes salgo vestido de calle durante un entrenamiento del equipo, acababa de llegar, del aeropuerto al Bernabéu y del Bernabéu al Palacio. Recuerdo que Nacho Calvo me pregunta: “¿Vas a jugar mañana?”. Y yo: “Pues no lo sé, no he entrenado…”. Y después viendo el partido lo entiendes, nuestros pívtos se cargan de faltas y me ponen a mí al final. Yo estaba en Santa Coloma y de repente estás ahí, jugando contra Yugoslavia. A algunos de esos jugadores, como Divac y Kukoc, los conocía porque nos habíamos enfrentado, con la selección juvenil, en el campeonato de Europa de Bulgaria, donde habíamos quedado subcampeones perdiendo la final contra ellos. Y los dos, Divac y Kukoc, estaban en ese partido del Torneo de Navidad. En cambio, con Petrovic no había coincidido, Drazen era lo que había visto por televisión. Al volver a ver el partido, me sorprende que estoy bastante tranquilo, en los tiros libres también me veo tranquilo. Recuerdo que vino Larry Spriggs a chocarme la mano, y yo estoy con la mano abajo y él con la mano arriba. Entonces él me dice: “Sube la mano”. Y yo le digo: “Bájala tú”. Y él interpreta: “Este es tan bobo que no sabe ni chocar la mano”. (Risas). Él, un jugador de la NBA, venía de los Lakers… y yo un crío. Me enternece mucho ver eso.
Lolo Sainz te acogió en su casa durante esas fechas.
Sí, en el equipo de esa época estaba Quique Ruiz Paz, que nos conocíamos también de la selección júnior. Entonces, el día de Nochebuena me llevó a su casa con su familia; recuerdo que me hicieron hasta un regalo, y desde esa época seguimos siendo amigos. Y después, el día de Navidad, estuve con Lolo en su casa. Todos me acogieron muy bien. Posteriormente ya empecé con el ritmo normal del equipo.
¿Qué es lo que más te impactó del Real Madrid a tu llegada?
Bueno… te impacta todo. Piensa que yo era un crío, tenía 18 años. Te impacta que de golpe estás en el Real Madrid. Cuando me vino a recoger Lolo al aeropuerto llevaba un coche que a mí me parecía una pasada. Pensaba: “Vaya cochazo tiene este hombre”. Enseguida que entras en el Real Madrid te das cuenta de lo que es, de la trascendencia y la importancia del Madrid, y también de que, en mi caso, tienes que adaptarte a vivir en una ciudad grande. Al principio estuve viviendo en un hotel, aunque luego estuve mucho tiempo allí porque enlacé muchos viajes y nunca tenía tiempo de buscar un apartamento. Al final, en el hotel, ya me habían acogido como si fuera de la familia. Me trataban de maravilla, hasta que el Madrid me cogió y me dijo: “Ya va siendo hora de que te vayas buscando un apartamento”. Así que me busqué un apartamento y empecé a vivir solo.
¿Fueron difíciles los comienzos en el Real Madrid?
La verdad es que la acogida fue espectacular. Todos eran muchísimo más mayores que yo. Alfonso Del Corral, Rafa Rullán, Juan Corbalán, Iturriaga, Romay… pero enseguida me acogieron. Esta es una cosa muy buena que tiene el Madrid, que integra muy bien a la gente. Y como además yo era muy currante y luchador, me arroparon y me ayudaron mucho. Tuve enseguida la sensación de sentirme muy arropado y muy integrado. Todos eran muy buena gente. A Rafa Rullán lo recuerdo con muchísimo cariño, pero también a Corbalán, Alfonso Del Corral… Tuvieron un trato exquisito conmigo. Enseguida notabas cómo querían que tú conocieses las cosas que ellos habían vivido. Te contaban historias de Delibasic, de Brian Jackson o cómo era Fernando Martín, a quien todavía no conocía porque estaba en Estados Unidos. Toda esa transmisión es una cosa muy importante para mí. Para que los equipos tengan personalidad e identidad tienen que conocer su historia y tienen que tener vivencias juntos, si son de éxito mejor, y claro, en el Madrid la historia de éxito es muy grande.
Tus primeros días en el Real Madrid.
Las primeras veces que veía baloncesto en televisión salía Héctor Quiroga, que era quien hacía las retransmisiones. Pues bien, no se me olvida la primera vez que llegué al antiguo pabellón de la Ciudad Deportiva, que tenía un techo formado por una especie de átomos o bolas. Cada una de esas bolas se unía mediante radios a otras bolas. Recuerdo que cuando veía los partidos por televisión siempre enfocaban primero a ese techo y sobre él ilustraban el partido. Y cuando llegué allí miré el techo y me acordé de las retransmisiones de Quiroga.
Mis compañeros me ayudaron mucho, no solo en los aspectos técnicos – tácticos del baloncesto, también en los comportamientos, en saber estar, en cómo comportarse cuando uno gana y cuando uno pierde, en luchar, en dejarte hasta la última gota de sudor, en que el equipo está por encima de todo. Había también algunos rituales, como por ejemplo las ensaladas en el centro de la mesa de la comida. Había que prepararlas muy bien, cortarlas y aliñarlas, y el encargado siempre era Rafa Rullán.
¿Qué piensas que buscaba el Real Madrid con tu fichaje?
Al principio buscaban un jugador joven con potencial de crecimiento y que pudiese jugar de pívot, porque yo llegué para jugar de 5. Con el regreso la temporada siguiente de Fernando y Antonio Martín, empiezo a jugar más por fuera. Además, como en el Barcelona estaba Andrés Jiménez se buscaba un poco el contrapeso, ese alero alto como Andrés. Antiguamente se jugaba con el triple post, tres jugadores grandes (un 5, un 4 y un 3), y todos jugando un triángulo en la zona, que era una cosa complicadísima en cuanto a espacios y sin tiro de tres. Pero después buscaban conmigo la versatilidad y la capacidad de jugar en otras posiciones. Yo, menos de base, he jugado en las otras cuatro posiciones. El equipo, con el paso de los años, fue creciendo físicamente. Cuando vino Wendell Alexis, los dos jugábamos en la misma posición, pero los dos también podíamos jugar de 4. Había mucha polivalencia. Por dentro ya estaban Fernando, Antonio y Romay, y había mucha más estatura y físico.
En la época del Licor 43 jugaba de 4 y de 3, y en las selecciones de mi edad jugaba de 4; el 5 era Ferrán Martínez.
¿Puedes explicarles, sobre todo a los más jóvenes que no te vieron jugar, qué tipo de jugador eras?
Mi virtud era la versatilidad, algo que en aquella época no era muy frecuente, es decir, la capacidad de encajar en diferentes posiciones y de realizar distintas cosas en la pista. Creo que físicamente era un jugador potente y bueno, capaz de desenvolverme bien tanto en ataque como en defensa. No era un gran tirador, pero podía tirar. Además, era un tío fuerte que podía penetrar bien. Y en defensa sí que era un buen defensor, era muy agresivo.

Ha quedado para el recuerdo tu partidazo contra los Celtics de Larry Bird en el Open McDonald’s del 88 en Madrid. ¿Cómo viviste todo aquello, Pep?
Eran los primeros acercamientos de la NBA a Europa, con la idea de abrir mercado. Estamos hablando de un mundo donde internet no existía, donde para ver un partido de la NBA tenía que ser a través de vídeos que te traían de fuera. Recuerdo que cuando estaba en Badalona íbamos a una discoteca a ver partidos de la NBA. Era el año 88 y vinieron los Boston Celtics. Para nosotros, era la primera vez que podíamos tener cerca a esos jugadores. Hay que recordar que a la selección de Estados Unidos iban por entonces sus jugadores universitarios. Nosotros teníamos a Fernando Martín, Petrovic, Rogers, etc. El primer partido lo jugamos contra Scavolini, cuyo entrenador era Scariolo. Claro, teníamos que ganar ese partido para enfrentarnos al equipo de la NBA, y ganamos. Recuerdo que era una flipada cómo dejaron el Palacio de los Deportes. ¿Te acuerdas que había un velódromo y se veían sus esquinas de madera? Pues bien, como eso quedaba siempre como un poco raro, lo habían tapado con unas telas con cada uno de los logos de cada equipo; el suelo también lo habían dejado muy bonito. Habían dejado el campo espectacular. En cuanto al partido contra Boston, yo siempre había sido fan de este equipo y de Larry Bird. Imagínate, era jugar contra los pósteres que tenía en mi habitación. Nos ganaron. Y la sensación que tuve del partido es que mientras ellos quisieron hubo partido, pero cuando apretaron, ya no hubo partido. También, la sensación de que el ritmo del partido era distinto, había muchos parones y no terminabas de arrancar nunca, hasta que en el último cuarto aquello pegó un estirón y ellos se fueron en el marcador. Yo creo que metí 15 o 17 puntos, y claro, como era un crío, se dimensionó mucho mi actuación.
Recuerdo que después del partido, en la rueda de prensa, le preguntaron a Larry Bird: “¿Qué te ha parecido Cargol?”. Y Larry Bird dijo: “¿Who is Cargol?”. Los periodistas le respondieron: “El número 13”. Y Larry Bird contestó: “Buen jugador, buen jugador. Rápido, joven, con mucho futuro”.
Yo no fui el mejor jugador del Real Madrid en ese partido. Fernando Martín, Rogers y Drazen jugaron muy bien. Pero es verdad que después, en los periódicos al día siguiente, destacaron mucho mi actuación, más porque era el crío, el chaval del equipo. La repercusión mediática fue muy fuerte, algo desmesurada también. En mi opinión, creo que no se correspondía mucho con la realidad. Tenía 20 años por entonces. Era un crío que tenía que seguir creciendo y evolucionando como jugador.
¿Es verdad que algún equipo de la NBA se interesó por ti después del Open McDonald’s?
Sí, es verdad, aunque no he hablado mucho de esto. Estaba en mi apartamento de Madrid y me llamó una persona que decía que llamaba de parte de un equipo de la NBA. Yo no tenía agente en ese momento. Me dijo que llamaba de Cleveland o Indiana, no lo recuerdo bien, y que querían hablar conmigo y tal. Intentó chapurrear en español, pero mal, así que hablamos en inglés, y después dijo que estaban interesados. Y yo: “Pues encantado, hablamos”. Después hubo otra llamada un poco rara, en el sentido de que: “Sí, estamos interesados. Vamos a venir, vamos a hablar contigo…”. Pero después se quedó ahí la cosa, ya no hubo nada más. Lo curioso es que yo esto no se lo conté a nadie, pero después, curiosamente, salió en prensa que había un equipo de la NBA que estaba interesado en mí. Entonces, yo ahí pensé: “Bueno, si ha salido en prensa y este hombre me ha llamado, en algún momento alguien dirá algo”. Pero después no pasó nada más, ahí se quedó todo.
Recuerdo que el día que me llamaron, era un día que estábamos en casa cenando con amigos. Era una situación en la cual no estás preparado para esa llamada, porque tampoco tienes la tranquilidad para poder sentarte y hablar en ese momento. Era como: “Pues mira, ahora mismo te puedo atender mal. Encantado de hablar contigo, pero llámame en otro momento…”. Aquella situación se produjo en medio de unas circunstancias un poco raras.
¿Se te pasó por la cabeza en algún momento intentar dar el salto a la NBA?
Lo que pasa es que estamos hablando de otro mundo. Antes no era como ahora en cuanto a las oportunidades y a la información que había. Uno no llegaba y decía: “Venga, voy a intentarlo”. Tenían que interesarte por ti. Yo lo que intentaba era encontrar mi sitio en el Real Madrid para ayudar al equipo y seguir creciendo como jugador, esas eran mis preocupaciones. Jamás he sido de decir: “Yo quiero un día jugar aquí, en la NBA”. Siempre he pensado que el trabajo y el día a día te iban a llevar a ese tipo de cosas. También era una época en la que eso no se daba de esa manera. Hoy en día vienen scouts de la NBA a ver a jugadores y los están siguiendo en edades tempranas, con 17, 18 o 19 años. Y a esa edad se los llevan para allá. En aquella época todo esto era totalmente distinto. Yo seguía la NBA y pensaba: “Pues ojalá”. Pero no era mi objetivo, aunque me lo preguntaban.
¿Cuál crees que fue tu mejor momento como jugador de baloncesto? ¿Cuándo alcanzaste tu pico de forma?
He tenido varios momentos, varios picos donde he estado a buen nivel. Yo creo que siempre he sido un jugador integrado dentro del rol de un equipo, nunca he tenido papel de estrella, pero sí que he sido muy buen soldado, un buen jugador de equipo. Creo que he jugado bien al basket en bastantes momentos, como por ejemplo cuando jugué con la selección en el Europeo de Roma en el 91. Allí conseguimos la medalla de bronce, perdimos en semifinales contra Italia, aunque teníamos el partido bastante encarrilado. Pero claro, ellos eran los anfitriones y nos metieron una encerrona de cuidado y nos acabaron ganando. En ese Europeo jugué muy bien, y creo que es el momento en que mejor he jugado con la selección. Y en el Madrid, pues en distintas épocas. El año con Pinedo creo que jugué muy bien, pero también en el 95, que fue mi último año en el equipo. Tenía un rol muy determinado ya que estaban Arlauckas y Sabonis como protagonistas, pero estábamos un montón de soldados que sabíamos hacer muy bien nuestro trabajo.
Tus entrenadores en el Real Madrid.
En mi época en el Madrid tuve entrenadores muy distintos, con perfiles muy diferentes. En mi opinión, creo que el que le pegó un cambio muy importante al baloncesto español fue George Karl. Su llegada fue un soplo de baloncesto moderno, de situaciones totalmente distintas, nos hablaba de la importancia del pase, de la utilización de los espacios, de situaciones defensivas y reglas defensivas que nosotros no conocíamos. También introdujo el scouting. Recuerdo que él mismo escribía, todavía los tengo guardados, unos libritos con las características de los jugadores a los que nos íbamos a enfrentar. Te hacía una gran descripción de cada uno de ellos. Además, empezamos a utilizar el vídeo. Aspectos que hasta ese momento no se estilaban, y todo ello en una temporada dificilísima para nosotros, ya que empezamos la pretemporada con Drazen Petrovic en el equipo y al poco tiempo se fue. Además, fue el año en que falleció Fernando Martín. Aunque hubo un montón de situaciones muy complicadas, fue un entrenador que impactó mucho y que cambió muchas cosas. También recuerdo con mucho cariño, con mucho agradecimiento y con mucha verdad, a Lolo. Creo que Lolo es un entrenador verdad, con unas características muy determinadas, muy específico, muy hecho a sí mismo, con un gran crecimiento dentro del club. Pero después fue capaz de ir a la selección y a la Penya y hacerlo bien. Yo le estoy muy agradecido porque apostó por mí, también a la confianza que me dio y a lo mucho que me exigía. Se me viene a la cabeza una anécdota con él. Como mi nombre es corto y fácil, entonces el grito de: “¡Pep!” era fácil para Lolo (risas). Era joven también. A Pinedo y Tirso Lorente también los recuerdo con mucho cariño y mucha gratitud. Pinedo me conocía de la selección júnior y confió mucho en mí, ese año jugué muy bien al basket. Y en cuanto a Obradovic, quizá su gran característica es la de ser capaz de exprimir a los jugadores hasta el límite, más allá de sus fuerzas. Clifford también un poco en la línea de Lolo, carácter y ADN Real Madrid, y competición e identidad.
Temporada 94/95, Zeljko Obradovic se hace cargo del Real Madrid. ¿Era una obsesión ganar la Copa de Europa aquel año?
Hay que ponerse en las circunstancias de ese momento. Obradovic venía de haber ganado la Copa de Europa con Partizan y con la Penya en sus primeras experiencias como entrenador. Cuando se retira de jugar, coge a Partizan y lo hace campeón de Europa, y después coge a la Penya y lo mismo. Nosotros veníamos de haber perdido en la Final Four de Atenas (temporada 92/93) contra el Limoges, además habíamos estado muchos años sin conseguir ganar la liga. Era el último año de contrato de Sabonis, sabíamos que quizá era la única y la última oportunidad que esa generación íbamos a tener de ganar la Copa de Europa, y se había fichado a Obradovic para ganar esta competición. Y sí que iba todo muy encaminado a eso. Estaba todo como muy encaminado hacia ese objetivo y por esto también creo que todos pasamos por las circunstancias que hicieran falta para lograrlo. Obradovic era un entrenador muy duro, muy exigente y también muy listo en la gestión del vestuario. Pero sí, el foco era ganar la Copa de Europa. Era nuestra última oportunidad. Parecía que Sabonis se iba a ir a Estados Unidos al año siguiente y sabíamos que sin él teníamos menos posibilidades de ganarla. Sí, el objetivo era muy claro, era ganar la Copa de Europa.
¿Qué recuerdas de aquella Final Four en Zaragoza?
Recuerdo que mi hija mayor nació en enero de ese año y mi mujer, que es de Zaragoza, había venido con la niña a casa de sus padres. La cosa era cómo organizarse mi mujer con su familia y con la mía, que también vinieron para estar con la niña, y repartirse para ver quién se quedaba con la niña y quién iba a los partidos. Fueron 15 días muy intensos, de prepararse, de solo pensar en ese objetivo. Vinimos a Zaragoza un día o dos antes de comenzar la Final Four. Me acuerdo que unos días antes habíamos jugado en Girona contra el Valvi, que nos pegó un buen repaso, perdimos de 20 puntos. Estábamos muertos. Era tal la paliza que llevábamos encima, de preparar la Final Four, que me sabía y dormía con los sistemas del Limoges, nuestro rival en semifinales. Me los sabía de arriba a abajo, y más me valía sabérmelos porque era la época en que en los entrenamientos unos hacían el rol de titular y otros el rol de defensor del otro equipo. Entonces, yo me sabía esos sistemas de arriba a abajo para que pudiéramos prepararlo. Después del partido de Girona viajamos a Zaragoza. Llegamos esa misma noche. La tarde del día siguiente entrenamos en la pista auxiliar del Príncipe Felipe porque la central estaría ocupaba. No se me olvida lo que nos mandó hacer Obradovic. Acabamos el entrenamiento haciendo lo que llamamos “Suicidas”, líneas. Se trata de ir corriendo de la línea de fondo a la línea de tiro libre, de la línea de tiro libre a la línea de fondo, media pista, línea de fondo, tiro libre contrario, línea de fondo, pista entera y vuelta. Y aquello tenías que hacerlo cuatro o cinco veces y en un tiempo determinado. Contaba el tiempo del último, así que si no lo hacías, repetías. Me cago en la mar, habíamos acabado el entrenamiento y nos manda hacer eso. Salimos muertos y jugábamos la semifinal contra el Limoges al día siguiente. Obradovic nos pegó un repaso de cojones. Estábamos muertos. Yo pensaba que no nos íbamos a poder mover. Sin embargo, ganamos bien al Limoges. Ahí no había límites. 15 días antes del partido contra el Limoges ya estábamos preparando el partido. No había otra cosa, solo existía eso. Habíamos perdido contra ellos en Atenas dos años antes y lo teníamos muy clavado.
Hay una imagen icónica de aquella final contra Olympiacos, tu mate en los instantes finales del encuentro.
Es curioso porque ese mate resume cosas. Fueron dos puntos que no tuvieron ninguna trascendencia en el partido, porque en ese momento la final ya estaba ganada y acabada. Recuerdo que poco antes hicimos un contraataque que finalizó Joe Arlauckas con un mate muy chulo. Y en la jugada de mi mate, José Lasa me pasa la bola y yo hago ese mate. Es mucho más bonita la foto que el mate en sí, porque me quedo colgado y hacen la foto ahí arriba, está chula esa foto. Me acuerdo perfectamente de caer al suelo e irme a abrazarme con José Lasa. Y lo que dijimos es: “¡Somos campeones de Europa!”. Éramos un equipo que lo habíamos intentado durante muchos años, llevábamos juntos muchos años. Sabíamos que era nuestra última oportunidad de ganar la Copa de Europa. En todos mis años en el Real Madrid, era la primera final de Copa de Europa que jugábamos, por entonces se llamaba Liga Europea. Habíamos ganado una Copa Korac, dos Recopas, habíamos jugado otra final de otra Recopa… o sea, habíamos jugado más finales. Sin embargo, en Liga Europea habíamos disputado la Final Four dos años antes, en Atenas, que nos había ganado el Limoges en semifinales, y el año anterior, en el 94, no llegamos a la Final Four porque en cuartos de final nos elimina el Joventut, que finalmente quedaron campeones de Europa. Por tanto, nosotros sabíamos que esa era nuestra última oportunidad probablemente, pero a la vez sabíamos que era muy difícil estar ahí, con lo cual, le dábamos muchísima importancia y mucho valor a ese momento. Con los años aprendes que las oportunidades cuando llegan tienes que aprovecharlas porque no sabes si van a volver, y es muy importante vivirlo como algo único. Lo que te hace muy fuerte en esas situaciones es la experiencia previa, haber perdido, haberte recuperado, haber aprendido, y eso nosotros lo sabíamos, y Zeljko lo sabía mucho más que nosotros. Por eso nosotros creíamos absolutamente en Zeljko para quedar campeones de Europa. Pasaron después 15 años hasta que el Madrid volvió a ganar la Copa de Europa.

Lo primero que le dijiste a José lasa al soltarte del aro, es: “¡Somos campeones de Europa!”.
Sí, me voy hacia Jose, Nano le llamamos, y le digo: “¡Nano, somos campeones de Europa!”. Nano es enano o pequeño, pero con mucho cariño.
¿Cuáles fueron los compañeros de equipo que más te impactaron?
Fernando Martín, que es la personalidad más arrolladora que he conocido nunca y el jugador más valiente y más competitivo que he visto en mi vida. Pero al mismo tiempo era un buen compañero, con ganas de ayudar, de exigir, pero también te dar ejemplo. No he visto una personalidad así en la pista, a la hora de competir y de marcar el camino a los demás. Y lo hacía con pocas palabras, con el ejemplo. Era de esas personas que entra en una habitación y tiene ese magnetismo y esa aura. Siempre sentí que tenía hacia mí esa sensación de intentar ayudar, de intentar formar. Es evidente que Fernando era un gran competidor, lo dice todo el mundo, sus compañeros del Madrid o de la Selección, todos sostienen que era un competidor, un ganador. Pero era un ganador de una manera determinada, con unas normas, con unos criterios, con unos valores que es lo que marca la diferencia. Y eso lo hacía desde el convencimiento, desde su personalidad, porque tenía una personalidad fuerte y segura, y eso está en los valores. Y el “aquí estoy yo y vamos con todo”, es algo que él lo incentivaba. Yo siempre tuve esa sensación de que estaba empujándome hacia eso. Lo recuerdo con mucho cariño y gratitud.
¿Cómo recuerdas el momento en que Fernando Martín se presenta por sorpresa en Barcelona antes del segundo partido de la final contra el Barça en la 88/89? Estaba lesionado y se había quedado en Madrid. En principio, no iba a viajar a Barcelona. Sin embargo, aparece en el hotel, abre la puerta del comedor…
He oído varias versiones de lo que dijo cuando abrió la puerta. Nosotros no sabíamos que iba a venir, estábamos en el hotel comiendo, era en la comida previa a irnos al Palau, el mismo día del partido. Abrió la puerta, y creo que lo que dijo fue: “No me jodáis, no me he levantado de la cama para perder”. Llegó el partido y Lolo dio el cinco titular. Dijo los primeros cuatro jugadores y lo lógico es que empezara Fernando. Empezó a decir los nombres: “Tal, tal, tal… y Pep”. Yo estaba ahí sentado y al oír mi nombre, levanto la cabeza y miro con cara de… Y me dice Lolo: “Y vas a defender a Norris”. Pero lo que hice fue exponer mi cuerpo a esa situación para intentar gastar un poco a ese hombre (risas). Recuerdo que salgo al partido, y Norris llevaba las uñas largas y pellizcaba, él cogía la posición y hacía una especie de gancho y pellizcaba… A mí no me había tocado, hasta ese momento, defenderlo, pero había visto que Fernando, Antonio o Romay acababan con pellizcos. Termina el rato que estoy yo allí, intentando defenderlo, y recuerdo que acabé con la camiseta rota, arañazos por el pecho, por el costado… Y al llegar al banquillo, todos me iban chocando la mano, diciéndome: “Muy bien, Pep. Muy bien, Pep”. Y yo pensaba: “¿Muy bien? Pero si me acaban de dar hostias por todos los lados”. Yo lo que hice fue intentar desgastarlo para que después tuviéramos más minutos de calidad cuando saliera Fernando Martín. Y salió bien porque ganamos ese partido.
También has sido compañero de Drazen Petrovic y Arvydas Sabonis.
Sí, he tenido la suerte de tener compañeros muy buenos, como Sabonis o Petrovic. Al estar en el Madrid pasan estas cosas. Sabonis era determinante en una pista de basket. También jugadores como Larry Spriggs. Yo recordaba haber visto Highlights de los Lakers donde veías a Magic y por detrás veías a uno que corría, un zurdo que la pasaba muy bien, aunque no jugaba mucho, y era Larry Spriggs, que fue mi compañero en el Madrid. Cómo pasaba la bola ese hombre, era espectacular. También recuerdo a Stanley Roberts, que era un animal, una bestia de la naturaleza.
Petrovic.
Petrovic vivía obsesionado con el baloncesto, con mejorar, con entrenar, con aprender. Su dedicación al baloncesto era máxima. En esa época entrenar por las mañanas era voluntario. Evidentemente, los jóvenes siempre estábamos por las mañanas, pero él siempre estaba ahí por las mañanas. Y tiraba, tiraba y tiraba. No paraba de tirar. Drazen era un currante. Su vida era el baloncesto. Era un talentazo. También tengo que decir que había dos versiones de Drazen, el Drazen en los entrenamientos, que era un jugador muy completo que hacía de todo y todo muy bien, y después el Drazen de los partidos, que era un killer. En los entrenamientos era un jugador más completo y más versátil, hacía de todo.
Me has dicho que Petrovic se quedaba siempre a tirar.
Sí, sí, tiraba muchísimo. Él trabaja siempre. Si por la tarde era el entreno del equipo, pues iba por la mañana y tiraba. También me ha sorprendido mucho que todo el mundo ha ido a pasarle la bola a Petrovic, es algo que me llama la atención (risas). Él iba mucho antes del entrenamiento, se quedaba y tiraba. Quique Villalobos y yo estuvimos muchísimas veces pasándole la bola. Recuerdo que hacía series desde diferentes posiciones, de tiros de 3… bueno, no nos teníamos que mover mucho porque el balón caía y se la dabas, caía y se la dabas… Yo creo que un día solo necesitó 104 intentos para meter 100 triples, una barbaridad. Hacía series muy largas y no fallaba. Era muy trabajador, le apasionaba el baloncesto. Tenía una mentalidad obsesiva por mejorar y por trabajar, no solo en los entrenos de equipo, sino también en su mejora individual. Era muy repetitivo, muy mecánico… Esa es una de las cosas que después también yo he visto en los jugadores buenos. Se puede hablar de que son talentosos, pero donde se fundamenta todo es en los básicos. ¿Y qué son los básicos? Aquellos movimientos que dominan al doscientos por cien. En Petrovic eran la parada tras bote con tiro a dos pies, o el cambio entre piernas para parar otra vez y tirar… y eso era repetido una y mil veces. Pero no solo hacía eso, también hacía trabajo de piernas, sentadillas… todo esto lo trabajábamos muy bien con Paco López. Drazen era muy concienzudo y muy metódico con este trabajo. Eran ejercicios que después, cuando lo veías en el partido y empezaba el movimiento, decías: “Es que lo va a hacer”. Y lo hacía con una efectividad enorme. Lo tenía totalmente mecanizado.

Háblanos de Sabonis.
Para hablar de él primero hay que destacar la figura de Paco López, el preparador físico, que conseguía ponernos fuertes a todos. Nos decía que nos ayudaba a tener una armadura alrededor para que no nos lesionáramos y compitiéramos. Paco se dio cuenta de que a Sabonis le costaba o no le gustaba nada hacer el trabajo físico debido a sus limitaciones físicas, por el problema que tenía con el tendón de Aquiles. Recuerdo que llevaba en el pie una especie de ortesis que le impedía casi hacer el movimiento de flexo – extensión, y le dejaba como si llevara una escayola. Por tanto, no podía hacer trabajo físico. En esa época todavía salíamos a correr fuera, a la Casa de Campo o a la Blume, y evidentemente Sabonis no lo podía hacer. Pero Paco se dio cuenta de que Sabonis era una persona muy competitiva, y para que pudiera hacer el trabajo físico, empezó a enfocar los ejercicios de velocidad, de resistencia y de cambios de ritmo, en la pista con competición, con juegos, y entonces a eso sí que entraba Sabonis porque le gustaba ganar a todo. Paco ajustó todo el trabajo físico del equipo para que Sabonis pudiera hacerlo también y para que compitiera. Parte del trabajo de pesas lo hacía como todos, pero el trabajo específico de pretemporada o específico de playoffs, lo hacíamos en la pista con competición para que Sabonis, que era súper competitivo, entrara. Todos le tenemos muchísimo que agradecer a Paco López, un maestro que ha creado escuela. Juan Trapero y mucha más gente han sido sus discípulos y han seguido su trabajo.
Sabas también era un apasionado del basket, yo eso lo he visto en los grandes jugadores, que para ser muy bueno tienes que apasionarte por este deporte, y él lo hacía desde el juego, desde la competición. Por ejemplo, al final de los entrenos hacíamos un juego tonto en el cual siempre se tiraba un tiro libre con la derecha, un tiro libre con la izquierda y un gancho desde el tiro libre para ver quién lo hacía primero, y ganaba siempre él. Chechu también ganaba a veces, pero Sabas ganaba casi siempre.
¿Quiénes fueron los rivales que más te hacían sudar?
Las veces que me tocó defender a Kukoc, a mí aquello me parecía imposible. Es de mi misma generación y ya había jugado contra él en la selección juvenil y júnior. El campo parecía enorme y no había manera de poder llegar. Siempre tenía la amenaza de tirar, porque tiraba desde lejísimos, y cuando te acercabas te desbordaba porque tenía un primer paso muy bueno. Encima era muy grande, medía 2,07 metros, era más alto que yo.
Tu salida del Real Madrid.
Era una época de cambios en el Real Madrid y yo acababa contrato. Entró gente nueva en la dirección y llegó la posibilidad de irme a jugar a Girona. Sabonis se iba a la NBA, y se retiraron tanto Chechu como Antonio Martín, después estaba Joe Arlauckas, que tenía contrato y seguía, y luego estábamos José Miguel Antúnez, José Lasa, Isamel Santos, Javi García Coll y yo. Zeljko tenía contrato y hubo un cambio de los directivos y era un momento de transición. Y en esa situación creo, visto ahora, que si hubiera tenido un poquito más de perspectiva o de paciencia, pues hubiera seguido ahí. En ese momento yo tenía 27 o 28 años, era una edad muy buena para seguir estando ahí. Pero las cosas se dieron así, yo en ese momento me voy a jugar a Girona y estoy tres años allí. Las decisiones las tomas con la información, con el conocimiento y con la experiencia del momento, con lo cual, hecho está y vivido está.
Tu última temporada es la 2002/2003 en Zaragoza. Por el camino, Girona, Portugal, Caja San Fernando, Grecia y Gijón.
Después del Madrid, algunas experiencias deportivas han sido mejores y otras peores, pero a nivel humano todas me han aportado muchas cosas. Estuve tres años en Girona y pude jugar al lado de la ciudad donde había nacido y creo que entre todos conseguimos estabilizar el club, que había estado rozando el descenso y con problemas. Conseguimos que fuera un equipo de media tabla y que tuviera más estabilidad. Estuve muy a gusto en Girona, es una ciudad a la que quiero y me siento muy bien cada vez que voy. El año de Lisboa, a pesar de que fue un año difícil porque iba a jugar en una liga más pequeña, finalmente fue un año en el que me reencontré con el baloncesto y además nos trataron muy bien. Aquella temporada me dio la posibilidad de seguir disfrutando de este deporte unos años más. Después del Madrid tuve la suerte de jugar la Euroliga con Sevilla y PAOK Salónica. Fueron dos años, por circunstancias distintas, buenos, pero también difíciles. En Sevilla estuve muy bien y tengo muy buen recuerdo, conocí a amigos que todavía mantengo. A Salónica fui solo, mi familia se quedó en España. Fue toda una experiencia jugar la Euroliga fuera de España, aunque económicamente fue un desastre porque me pagaron la mitad y jamás cobraré el resto. El último año aquí en Zaragoza, también fue muy importante porque es el sitio donde me retiré. Supuso la conexión con la ciudad, el empezar un proyecto nuevo de recuperación del baloncesto en esta ciudad. También me gustó mucho ser partícipe de ese inicio y de esa idea de recuperar el baloncesto en Zaragoza, que llevaba siete u ocho años sin tener baloncesto de élite después de la desaparición del antiguo CAI.
Entrevista publicada originalmente en la revista Gigantes de marzo de 2026